Salamanca

Beatriz Galindo, nació en Salamanca en 1.464 ó 1.465.

Nació en el seno de una familia hidalga que había sido acaudalada, pero venida a menos.

A causa de su inteligencia y afición a las letras, sus padres la eligieron entre las hijas del matrimonio para destinarla al claustro, y decidieron que tomase clases de gramática en una de las academias de la Universidad de Salamanca (fue, probablemente, la primera mujer universitaria del mundo).

Mostró grandes dotes para el latín: a los quince años de edad, no sólo leía y traducía bien los textos clásicos, sino que también era capaz de hablar y escribir en esta lengua con gran corrección y fluidez. Su fama se extendió primero por Salamanca y después por todo el reino y empezó a ser conocida como la Latina. También dominaba el griego y le gustaba especialmente Aristóteles.

En 1486, cuando se estaba preparando para ingresar en el convento como monja, fue llamada por la reina Isabel la Católica a la corte.

Su presencia en la Corte no se limitó únicamente a sus labores como preceptora, ya que la reina tenía en muy alta estima sus consejos.

Casada en diciembre de 1491 con el capitán artillero y consejero de los Reyes Católicos Francisco Ramírez de Madrid, boda para la que los Reyes Católicos le dieron una dote de 500.000 maravedíes, tuvo dos hijos, Fernán y Nuflo. Enviudó en 1501, retirándose de la corte y asentando su residencia en Madrid, en el que hoy es el Palacio de Viana.

Establecida en la Corte, Beatriz empezó a dedicarse a lo que más le importaba en el mundo: los rezos a la Virgen de Atocha y las obras de caridad. No les gustaba mucho a sus hijos que lo que les correspondía por herencia fuese a parar a los pobres, parece incluso que el mayor le exigió su patrimonio en cierta ocasión, desatando sus iras y las del rey Fernando.

En previsión de nuevos conflictos (más tarde los tendría con sus nueras por el mismo motivo), Beatriz, aprovechando un viaje que tuvo que hacer a Salamanca, escondió en su ciudad natal una importante cantidad de dinero, dejando pistas por toda la ciudad, para que tras su muerte, una monja de su absoluta confianza, pudiese localizarla y destinarla a nuevas obras benéficas.

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